Lisbeth Añez, la “mamá” de los presos políticos recluida en El Helicoide

LUIS PICO, 24 de julio de 2017 I www.elnacional.com

A pesar de que a Lisbeth Añez nunca le interesó incursionar en la política, su vida dio un giro de 180 grados en 2014 cuando, a sus 47 años de edad, decidió meterse de lleno en las manifestaciones que estallaron para exigir la salida del presidente Nicolás Maduro del poder.

En aquél año, la mujer, administradora de profesión, entrelazó la comodidad del aire acondicionado en sus oficinas de una cadena de ópticas con el calor y el olor a gas lacrimógeno que se hizo cotidiano en la plaza Alfredo Sadel de Las Mercedes, donde estudiantes levantaron campamentos y se mantuvieron en protesta en contra de Maduro.

Durante semanas permaneció allí donando alimentos y medicinas, y brindando compañía a muchachos que no conocía y que sin embargo, con el pasar de los días, se le fueron haciendo cercanos, hasta que una noche de finales de mayo, de manera repentina, la Guardia Nacional Bolivariana (GNB) allanó el lugar, destrozó carpas y se llevó consigo a cientos de detenidos.

Tal golpe no significó el final sino apenas el comienzo de la aventura en la que la cárcel militar de Ramo Verde, el internado judicial de El Rodeo y la sede del Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional (Sebin) de El Helicoide, entre otros recintos carcelarios se le convirtieron en lugares comunes para continuar con una labor que le hizo ganarse el apodo de “Mamá Lis”, como comenzaron a llamarla los jóvenes —en especial los residentes del interior del país— que tenían en ella su único sustento ante la imposibilidad de sus parientes para trasladarse hasta la capital y sus alrededores.

“Aquella iniciativa le nació: iba a supermercados, organizaba colectas, metía la comida en bolsas y se las llevaba”, rememoró Luis González Añez, hijo biológico de “Mamá Lis”, sobre cómo su madre inició aquella faena.

Pero lo que seguramente Lis nunca se imaginó sería encontrarse dentro de El Helicoide no en condición de visitante sino como reclusa, estatus con el que la ha tocado cargar desde mediados de mayo de 2017, cuando fue detenida por funcionarios de la División General de Contrainteligencia Militar (DGCIM).

De Maiquetía a tribunales militares

Instantes antes de abordar un avión en el aeropuerto internacional Simón Bolívar de Maiquetía con destino a Estados Unidos, donde tenía previsto hacerse un tratamiento médico para tratar su hepatitis, funcionarios de la DGCIM frustraron sus planes dándole un nuevo vuelco a su vida: “Usted está detenida”, alcanzaron a decirle en la zona de abordaje.

Sin previo aviso, su viaje ya no la llevaría fuera de las fronteras venezolanas sino que la obligarían a permanecer dentro de ellas, específicamente en una celda de la DGCIM en Boleíta, en las que fueron las primeras horas de una tragedia no solo para ella sino para el resto de sus familiares, que durante horas apenas pudieron saber de sus condiciones y su paradero.

“Recibí una llamada de un número desconocido: ‘estoy detenida, avísale a tu hermano’, alcanzó a decirme mi mamá en poco menos de diez segundos, para después colgar”, relató su hijo, que no pudo acompañarla a Maiquetía, y que de un momento a otro, se halló en terreno desconocido, pues sus asignaciones pendientes de química para la universidad ya no serían un dolor de cabeza en comparación con una situación inédita en su vida. “No sabía nada de Política ni Derecho, por lo que tuve que instruirme junto a los abogados del Foro Penal que tomaron la defensa”, reveló.

Y lo peor aún estaba por venir: un tribunal militar asumió el caso, la acusó bajo los delitos de instigación a la rebelión y traición a la Patria, y le dictaron privativa de libertad en El Helicoide.

“Es irónico que el lugar al que más iba a ayudar ahora sea su centro de reclusión”, se sinceró, pues aquella era la cárcel que su mamá visitaba con más regularidad.

Prueba de fuego para la familia 

Una vez que Lisbeth Añez llegó a El Helicoide, pasó 24 días sin derecho a recibir llamadas telefónicas ni llamadas de sus familiares, pese a que sus parientes iban cada mañana a las puertas del recinto, donde les negaban el acceso.

El reencuentro por fin se hizo posible el 4 de junio, cuando la puerta de la celda se abrió repentinamente y desde el umbral, Luis pudo visualizar a su mamá por primera vez desde aquél adiós que le dio antes de que partiera rumbo a Maiquetía.

“Mami”. La palabra por sí sola no bastó para que Lis dejara de dibujar y se volteara, pues no daba crédito a lo que escuchaba. Hasta que volteó y vio ante sí a su primogénito, al que luego de unas cuantas lágrimas y abrazos, le confesó: “No entendía por qué nadie me visitaba o preguntaba por mí”, ya que hasta ese momento no se enteró de las frustraciones de sus seres queridos a las afueras de la prisión.

Sin embargo no hubo manera de empañar la escena: “Descubrí lo que de verdad es la sorpresa en la cara de una persona. Ha sido uno de los momentos más emocionantes de mi vida”, dijo Luis, quien nunca deja de acudir al lugar para recibir su dosis de amor de madre dos veces por semana —salvo que estas sean suspendidas por el Sebin debido a protestas en las cercanías del lugar—.

La bota militar oprimiendo a civiles

Ante el hecho de ser juzgada por militares, Añez enfatiza que el caso carece de sentido. “No tiene ni pies ni cabeza”, cuenta su hijo en representación de su madre.

Y sus abogados no se quedan atrás. “Todo es absurdo”, han llegado a decirle a Luis, al tiempo que le enfatizan lo irregular que es que la justicia militar pretenda enjuiciar a civiles.

En ese sentido, Alfredo Romero, director del Foro Penal y miembro del equipo de defensa, enfatizó en mayo que el caso estaba plagado de irregularidades.

Explicó que los delitos de rebelión militar y traición a la Patria, que tildó como los más graves del Código Procesal Militar, se los imputaron por “colaborar presuntamente con personas que organizan protestas”, detalló a El Nacional Web en aquella oportunidad.

Agregó que además se presentaron como supuestas evidencias audios y conversaciones de Whatsapp. “Para nosotros no existen porque nunca nos los enseñaron”, fustigó. “En su maleta llevaba un libro sobre Leopoldo López, otro acerca de Iván Simonovis, un par de cartas dirigidas a la Asamblea Nacional exhortándolos a colaborar con la liberación de presos políticos, así como un par de reconocimientos por su labor como defensora de derechos humanos”, añadió.

Añorando un abrazo en casa

Mientras el caso termina de resolverse, Luis todavía no tiene planes para el día en que “Mamá Lis” salga en libertad pero sí deja claro un deseo: Es suficiente poder estar con ella y sentir la calidez de la familia. Decirle “vamos a casa”.

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