DANIEL CEBALLOS, 30 diciembre de 2017 I Sebin, Helicoide

Puedo estar equivocado pero, en mi opinión, la vida es conocer y conocer es un esfuerzo por encontrar significado a las cosas, al mismo tiempo dando sentido a nuestras propias y singulares vidas. También creo que las cosas están atadas unas a otras y existen de forma interdependiente, de tal manera que conocer es pensamiento y pensamiento es consciencia y consciencia es atestiguar la vida y la vida es libertad y la libertad es conocer y conocer es mi razón favorita de vivir.

Paradójicamente, estos pensamientos son inspirados por un acto cruel, contrario al pensamiento, al conocimiento, a la consciencia, a la libertad y a la vida: usando la fuerza, me privaron de mis libros; yo que aún podía leer la herencia y el legado de quienes escribieron y ya han tomado el camino a las regiones de las sombras, aquellos que crearon fuego negro sobre fuego blanco para que nos quemáramos las retinas y recreáramos esos pensamientos una y otra vez en nuestras mentes; pero no seré yo quien haga el reclamo, sino ellos, los que defiendan esas ideas, esas historias, esos sueños libres que costaron tanto para poder ser escritos y que hoy me han robado, aun cuando celosamente los resguardaba dentro de mi propio calabozo.

¿Por qué no tocas la puerta como las personas educadas? ¿Qué ganas con dar patadas? Te llevas el trabajo de mi vida, que hice con la fuerza más grande que existe, la voluntad, y fui egoísta al perseguir este sueño de saber cómo funciona el universo en que habitamos, inclusive estuve en contra del mundo y cuestioné la autoridad, las leyes más incuestionables: Newton no está feliz conmigo, tuve que vivir dos guerras mundiales y sé, en carne propia, el desprecio que sientes por el pensamiento libre y crítico, mi Teoría de la Relatividad General está en ese libro que te robas de este espacio-tiempo cerrado por barrotes. El universo y la estupidez humana, que hoy tú representas al creer que los libros son una amenaza, no tienen límite; pero de lo primero no estoy completamente seguro.

Con tu permiso, Albert, debo intervenir para defender al hombre que la fatal arrogancia ha encarcelado por sus ideas: para hacerle ver a usted, señor carcelero, quien obedece órdenes de personas inescrupulosas que han esclavizado a todos, incluso a usted. Seré breve al decir que el socialismo es un error científico y termina siempre por asesinar a millones con sus controles que aniquilan el espíritu humano creador, inundándonos de corrupción, injusticia, guerra y hambre. Nuestra sociedad y los pilares que la sostienen son el resultado de una evolución social y no de una racionalidad; es esta fuerza espontánea entre los individuos creando de manera interdependiente la que se expresará una vez que se derrumben los muros que han puesto a la libertad de todos, insisto señor carcelero:  incluso a la suya.

Mi señor von Hayek, habiendo usted ilustrado sobre los peligros de este dragón de mil cabezas y como yo he andado en busca de justas que me hagan la fama de un caballero hidalgo, me corresponde enfrentar a este cancerbero que asemeja más a un tendero por tan mal servicio prestado en sus calabozos apestosos y que mantiene encadenado a las rocas a caballeros y doncellas honrados por puro capricho de su amo, el tirano que de ellos hace un circo. La batalla triunfal no será contra ti, homúnculo; Rocinante y yo buscamos para desafiar a un gigante en espiral que mientan todos por estos lares Hiperinflación. Al escuchar Hiperinflación, Einstein saltó del susto, recordó que esta podía ir más rápido que la velocidad de la luz: nada puede viajar a más de trescientos mil kilómetros por segundo, a excepción de la espiral hiperinflacionaria, y créanme que ocurren cosas terribles a la masa, sobre todo a la de la arepa, cuando se alcanzan esas velocidades. ¿Qué hacer para frenarla? No pongas los ojos así carcelero, tú sabes que eres cómplice con tus tres míseras palabras, esas que repites a cada pregunta. Yo sé que recibes “órdenes superiores”. Yo no te hablo a ti para frenar tu crimen contra el pensamiento, le hablo al economista que sabe cómo curar una economía enferma; que me corrija von Hayek, hay que tomar medidas para equilibrar la economía. ¡Eliminen el control de precios! Ese fue el músculo del milagro alemán. Y tú, que solo piensas en aumentar tu circunferencia abdominal, verás cómo mejora el salario depauperado que tienes y que, aunado a tu falta de principios, te empuja al crimen, que hoy ha sido literario.

Permiso, una mujer también sabe cómo cambiar la economía de un país al que le roban su espíritu de grandeza. Mi nombre es Dagny Taggart y mi vida la han narrado en más de mil páginas que te llevas… Sí: en ese libro que ves y que solo usarías para trancar la celda de un inocente y que no vas a leer jamás, allí se encuentra el objetivo de todo ser humano, la obra de quienes sostienen sobre sus espaldas el mundo entero. Yo proclamo que esta es una lucha contra la incapacidad. ¿Quién es John Galt?

Yo creo en un país en crisis, lo importante es que cada uno de sus habitantes dé el máximo de sí mismo; que cada individuo, sin importar el lugar que ocupe en la sociedad, se esfuerce por ser el mejor en lo que hace ―y debe amar lo que hace―, y en su esfuerzo honesto de cada día pueda sentir que es libre y poner la fuerza de su voluntad en la dirección de lo que quiere alcanzar; probarse a sí mismo, en cada dificultad que se presente, que con cada idea, con cada instante de trabajo, con cada momento de cansancio, reciba la certeza de que está construyendo poco a poco sus sueños y que su vida tiene un objetivo: se trata de ser excelente, de ser efectivo, de ser capaz, de decidir libremente a pesar del entorno hostil, de conducirse a sí mismo y no ser doblegado por las circunstancias, de aceptar los riesgos y la incertidumbre, de caminar por la cornisa y disfrutar, de cuestionar sus propias ideas, de cuestionar todas las creencias, primero las propias y también las que nos reducen, y alcanzar logros, ser creativos, ser constructores y perseguir la grandeza para que pueda ser compartida, convertirse en motivo de orgullo e inspirar a otros, a otras generaciones. Y al final de nuestras vidas haber así pagado la factura de lo que consumimos en esta tierra y haber dejado la buena propina. Pues ser honesto es producir más de lo que consumimos.

Yo muchas veces viajé en la comodidad de un vagón de tren y sentí confianza, pero sólo cuando lo hice junto al maquinista y cuando mi cuerpo estuvo frente a esa ventana que podría romperse primero contra mí, si algo de improviso se cruzara, fue que pude mirar hacia adelante y conocer lo que venía, ver cómo las líneas de ese metal azul verdoso se unían en la distancia. Observar pasar con velocidad las señales y las luces de los postes me hizo sentir más segura y comprendo ahora que conocer es más que confiar, porque cuando confiaba en el interior del vagón sabía que una fuerza externa me arrastraba, en cambio, al frente de la máquina, de miles de toneladas, moviéndose tras de mí, estando en la vanguardia, pude conocer y confiar en esa fuerza dentro de mí que me impulsa a lo desconocido. El país va a requerir de todos: excelencia, conocimiento y confianza para prosperar, enfatizó Dagny.

Ha llegado mi turno, he pasado mucho tiempo en mi soledad, escuché las montañas, los ríos, los árboles y las aves de este lugar y ahora les traigo mi regalo: les traigo al súper hombre. Debo decirles algo a todos y en especial a ti, sepulturero y traficante de esperanzas, por si no lo sabes: el petróleo ha muerto. ¡No te rías de Zaratustra que a tí es a quien Don Quijote de la Mancha pondrá de rodillas, si es que algún día se lo permite su armadura! El hombre es un tránsito, es un puente que se tiene que cruzar, en un extremo el animal bestial y en el otro el súper hombre… y tú que llevándote mis libros evitas que la buena nueva me sea leída ya has caído del puente, y antes de ser animal deberás escalar montañas, vivirás como bestia de carga y nunca podrás alcanzar la siguiente transformación: la del león que se libera de la pesada cruz y por último, la del niño con su inocencia. El cancerbero dijo entre dientes: “Este es mi trabajo, yo soy pastor y me llevo esta Biblia y también este Corán”. Zaratustra, que tenía el oído muy agudo, lo escuchó claramente y elevando la voz dijo: “El que sea rebaño busque su pastor, yo no quiero ser pastor y no busco rebaño; el que esté muerto busque su sepulturero, yo estoy vivo y tampoco quiero ser sepulturero, el que se crea sepulturero ya sabe que tiene que enterrar a los muertos, yo solo me junto con hombres vivos, libres y de buenas costumbres, con ellos es que quiero caminar y escalar montañas. Yo quiero ir por mi ocaso en compañía de los que también, libremente, quieren ir a donde yo voy”. Así habló Zaratustra y se retiró a las montañas pues los carceleros no estaban listos para comprender.

El carcelero, escuchando todo, al fin gritó desde los barrotes oxidados: “Yo soy un hombre ocupado y esto es cosa seria, ¡yo tengo órdenes superiores!”. Entonces la voz de un niño acompañado de un zorro le hizo girar el rostro: “Disculpe, usted, ¿de qué asteroide es? ¿Es usted el que tomaba demasiado por sentir vergüenza? ¡Oh, ya sé! ¿Es usted el que se cree rey de una insignificante roca suspendida en el espacio infinito?”. El zorro le respondió: “No, no es ninguno de ellos, este es un terrícola que se cree rey de un calabozo apestoso que llaman Helicoide; es uno de los que ha olvidado que fue niño y soñaba con hacer justicia. “¿Y qué significa justicia?” ―preguntó el Principito, “es una palabra que ha sido olvidada en estas tierras.” “Justicia es equilibrio” dijo el zorro; el Principito mirando con ternura al rostro tenso y furioso del que se creía rey del calabozo preguntó ―. “¿Sabes que esos libros que te llevas sin pedir permiso brillan más en la oscuridad y también son únicos como mi rosa, que me ama y es única, porque ella es la única que espera por mí”. Él respondió con dureza: “¡Ordeno que no brillen más estos libros! Por otro lado, hay millones de libros iguales a estos, todos copias peligrosas, ideas que no controlamos y por lo tanto deben ser llevados a un tigrito y colgados, les pondremos la bolsa y también les echaremos el Baygón”. El zorro entonces imaginó a un tigre real y corrió a esconderse debajo del catre del calabozo: “No pueden alimentar a un tigre con esos libros, cada libro de esa pila que arrebatas con desprecio y que se derrumba por tu torpe andar, ha llegado a las manos de este rehén por vías inimaginables, ellos contienen no solo bellos pensamientos sino también ideas distintas y contrarias unas de otras, quien las lee puede celebrarlas, llenar su corazón de alegría por tan maravillosas vidas, todas únicas y singulares, por eso es que usted se ve tan triste y amargado. Usted, carcelero, se está perdiendo de apreciar las otras vidas, ya que son las diferencias entre nosotros lo que hace a la vida más digna y extraordinaria, una experiencia única e irrepetible”. En eso, el Principito recogió uno de los libros que cayó al suelo y tenía una dedicatoria que leyó con suavidad: “Para entrar a la muerte con los ojos abiertos hay que mantenerlos abiertos en vida”. El zorro, al escucharlo siguió: “cada libro tiene un significado y yo, que también fui animal de circo aprendí en una jaula que a quien le roban su libertad encuentra en las cosas más simples lo esencial, significado y valor, y todo es parte de un ahora, evidente sentido de su existencia, ya se está en paz interiormente y no se necesita más de dioses; fue en esa esclavitud involuntaria cuando descubrí mi secreto: solo con el corazón puede verse bien, lo esencial es invisible a los ojos. Por eso es que usted, triste portero de estas oscuras cavernas, solo ve en estos libros y lápices amenazas, porque su esclavitud es voluntaria, a diferencia de nosotros que vemos vidas únicas, ideas diversas, sueños alcanzados, derrotas y lágrimas, sentido, propósito, significado y trascendencia.

Ha terminado la defensa y el juez no escuchó pues hace tiempo se fueron de vacaciones y abandonaron sus responsabilidades; el robo de mis libros quedará impune, solo momentáneamente…

Se han llevado mis libros al tigrito y van a ser torturados, ni uno solo me ha quedado; la verdad es que ya el mal está hecho, me refiero para ellos, para los fanáticos y sus jefes que les han ordenado torturar. Ya los había leído todos y están aquí, en mi mente, en esta biblioteca portátil donde seguirán atormentándome con ideas por siempre, y como ven, yo los he torturado a ustedes con estos recuerdos pero es así como me libero de esta caverna de Platón. En palabras de Victor Frankl, la última libertad humana es saber que podemos decidir nuestro camino frente a nuestro destino, y yo decidí vencer esta cárcel, tratar de ganar el mundo sin perderme a mí mismo, sin disminuirme; hay que saber y no temer, saber que se va a morir y no temer a la muerte. No teman a los libros, ábranlos y conozcan su interior, descubran la fuerza inquebrantable que los escribió: la fuerza que nos impulsa para no doblegarnos en estas cárceles donde tratan de limitarnos, pero solo consiguen expandir nuestros horizontes. Aún falta mucho por dar y siempre es posible reinventarnos y empezar de nuevo, ser aprendices otra vez pues, en nuestro caso, todo está por hacerse de nuevo; todos, sin importar quiénes sean o en qué crean, aún tienen una contribución por hacer y un sueño por perseguir; hay que derrotar este miedo que nos han creado, porque como dijera Houdini: “La mayor tarea de mi vida ha sido conquistar el miedo”.

Gracias, tú que aún puedes leer y yo que aún puedo escribir. Pero ya me quitaron los libros.

Daniel Ceballos. Cárcel de Helicoide, 30 de diciembre de 2017.

Notas:

Estas líneas las escribo luego de haber sido despojado de mis libros y mis lápices el pasado 25 de diciembre por una comisión de funcionarios del SEBIN, a órdenes del Comisario Richard Centeno, alias “Pachuco”, como represalia a mi actitud de resistencia y no cooperación frente al hostigamiento de hacerme tres fotos al día y usar un grillete electrónico en mi tobillo, estando en el último calabozo de la cárcel del Helicoide.

El “tigrito” es una minúscula celda de castigo en donde son confinados los presos de la cárcel del Helicoide; la “Bolsa” y el “Baygón” instrumentos de tortura.


Juntos por la libertad